Perder
el paraíso
A
los cinco años, casi seis, el universo ideal que me mantenía unida a mis
hermanos se rompió. Y todo por culpa del sexo. Del sexo de otros, no del mío.
Jugábamos a todas horas y todos los que teníamos la misma edad (cinco, seis,
siete años) no perdíamos ni un segundo de tiempo de nuestros juegos. Eso nos
obligaba a satisfacer nuestras necesidades fisiológicas (o sea a cagar y
churrar) unos delante de otros con toda tranquilidad. Pero un día nuestro primo
de doce años se presentó delante de nosotros y con mucha astucia envió a los
chicos a buscar endrinas a un endrinal que, según él, estaba lleno de endrinas
y todas maduras. Vosotras no vayáis, que vayan ellos solos. Yo mientras os voy
a enseñar a hacer un carro de dos ruedas. Pero no nos enseñó a hacer un carro
de dos ruedas. Nos dijo que cerráramos los ojos y que no los abriéramos hasta
que él dijera y que sujetásemos los vestidos a la cintura con las manos.
Obedientes, así lo hicimos. Ahora tengo que bajaros las bragas porque necesito
saber qué separación de piernas tenéis para poder subiros al carro. Hasta ahí
todo bien. Nos examinó detenidamente, pero quedó decepcionado y nos dijo que
así era imposible porque no teníamos pelo en el chilo. La verdad es que quedé
profundamente contrariada porque me veía con un carrito de dos ruedas paseando
por el pueblo.
Cuando
ya parecía que el suceso había quedado en el olvido (había pasado muchísimo
tiempo, el que va desde la mañana a la tarde) veo en la escalera de mi tía Isidora
a todos reunidos (los padres de mi primo, el resto de mis tías) y a mi primo el
constructor de carros recibiendo una soberana paliza, hecho que no supe asociar
conmigo para nada.
Ya
en casa, por la noche, juego con mi hermano y me besa, y nos reímos y me hace
cosquillas. Mi hermana se encara conmigo ¿Es verdad que Mariano os dijo que os
bajarais las bragas? Me quedé muda. Mi hermano me propinó unos azotes en los
muslos que dolían, a la vez que me apartaba de sí como si tuviera la peste.
Comprendí que aquello era algo terrible. Las ganas de tener un carrito me
habían roto la infancia.
Parecía
que ya todos habían olvidado el suceso. ¿Todos? No. Allí estaba ella para
recordarme cada mañana, cada tarde y cada noche que era una puta (palabra que
yo no entendía pues la busqué en el diccionario y ponía lo siguiente: ramera,
mujer pública putera; total que me quedé como estaba, pero desde luego, debía
ser algo horroroso por el énfasis con que me lo decía) y que ya no había
remedio para mí. “No se puede bajar una las bragas delante de nadie. Dentro de
poco harás la primera comunión y tienes que confesar lo que has hecho. Si no confiesas,
te condenarás sin remedio, irás al infierno. Sí, sí, al infierno”. Y así día tras día. Creí que ya nunca habría
remedio para mí. “Reza, tienes que rezar, tienes que echar el demonio del
cuerpo, no te duermas, reza”. Pero tanto apretar la tuerca, me produjo el
efecto contrario. Con seis años y a punto de hacer la comunión decidí que ni
dios ni el cura iban a saber nada de aquello. Fui a confesar y el cura me dijo
¿tienes algo que decirme? Nada, contesté.
Vete en paz. Y en paz me fui. Al salir de la iglesia me esperaba la
inquisidora ¿Se lo has dicho? Sí ¿Qué te ha dicho? Que me perdona. Se acabó la
puta historia. Desde entonces decidí que ni dios ni el diablo ni mi hermana me
iban a quitar el sueño. Y así fue. El día de la comunión comulgué como todos
los demás y como se me pegó la hostia en el paladar, la despegué con los dedos,
a pesar de que me habían advertido que no se podía tocar con las manos. El
infierno que me prometían no era nada al lado del que había pasado. De un golpe
los tabúes del sexo y la religión se fueron a la mierda.